Cincuenta años de ecumenismo
19 Enero 2011

Benedicto XVI y un obispo ortodoxo,
del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla,
ante la tumba de san Pedro (29-VI-2010)
En el diálogo teológico también se han dado pasos impensables a inicios de los años sesenta. El Concilio publicó, en noviembre de 1964, el Decreto Unitatis redintegratio, que haría irreversible el camino ecuménico. Poco después, se abría el diálogo teológico institucional con las Iglesias ortodoxas, luteranos, reformados, anglicanos, metodistas... El 7 de diciembre de 1965, un día antes de finalizar el Concilio, Pablo VI y el Patriarca Atenágoras I de Constantinopla emitieron una Declaración conjunta, por la que deploraban y levantaban los mutuos anatemas pronunciados por Roma y Constantinopla en 1054, que marcaron el momento culminante del Cisma.
En las relaciones con los hijos de la Reforma, el avance más importante de estos años fue la Declaración conjunta sobre la doctrina de la Justificación, en Augsburgo, el 31 de octubre de 1999, entre el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y la Federación Luterana Mundial, que logró un acuerdo de fondo sobre esta cuestión crucial en el cisma promovido por Martín Lutero en el siglo XVI.

Cardenal Kurt Koch, presidente del Consejo
Pontificio para la Unidad de los Cristianos
Dado que en estos momentos católicos, ortodoxos y protestantes no comparten una misma visión eclesial, en estos años se ha extendido la idea de que el ecumenismo consiste simplemente en pegar los añicos de la vasija de la Iglesia rota a causa de las divisiones de los siglos pasados. Ahora bien, el cardenal Koch considera que, en la única Iglesia que fundó Jesús, no puede haber contradicciones surgidas con el pasar de los siglos, como las habría en ese puzzle recompuesto. «Este pluralismo está en oposición también con la convicción católica de que la verdadera Iglesia de Jesucristo subsiste en la Iglesia católica, es decir, que es ya una realidad existente, sin negar con ello a los demás su ser cristianos o negar el carácter eclesial de sus comunidades». De este modo, hoy se dan dos visiones contrapuestas de la unidad de los cristianos. «Por una parte, se da un ecumenismo que sigue buscando la unidad visible de la Iglesia y trabaja y reza por esta unidad; por otra, hay un ecumenismo que considera que es suficiente lo que ya se ha alcanzado», y que, por tanto, se puede «seguir viviendo en Iglesias separadas». Pero «se da el grave riesgo de que esta actitud no ofrezca más que un fácil consuelo ante el escándalo de la división de la Iglesia, que es fruto del pecado, y se presente como un calmante ecuménico en un momento en el que, en realidad, tendríamos necesidad de tonificantes para revigorizar y profundizar en la voluntad de la Iglesias de hacer visible la unidad del Cuerpo de Cristo, ya presente en la fe en Jesucristo, y de hacerla fructificar en la vida de todos los días».

Jóvenes en una Vigilia de oración de la comunidad Taizé,
en Milán
La Declaración sobre la Justificación «representa un hito en el difícil camino de la recuperación de la plena unidad entre los cristianos. Pero un hito no es la meta», aclara el cardenal Koch. El hecho de que en las comunidades protestantes no reconozcan todos los sacramentos, o que algunas se hayan separado de las enseñanzas morales mantenidas por todas las Iglesias en los últimos dos mil años, las ha inevitablemente alejado. Para la Iglesia católica, la imposibilidad de celebrar juntos, protestantes y católicos, la Eucaristía se debe principalmente a la diferencia de visión que se da de los sacramentos: «Es decir, la convicción, ya presente en la Iglesia primitiva, de que la comunión en Cristo, la comunión eclesial y la comunión eucarística no pueden separarse». Si bien la Iglesia católica acoge el concepto protestante, según el cual, Cristo invita a la Cena del Señor, añade esta aclaración: «Dado que es Cristo quien invita, esta invitación, transmitida por un ministro cuya ordenación y misión se fundan en Cristo, es de por sí un sacramento». Aquí están los horizontes que afronta en estos momentos el diálogo entre católicos y reformados y que pasan, ante todo, por el reconocimiento común de los sacramentos.

Benedicto XVI, con monseñor Hilarion Alfeyev,
obispo metropolitano ruso ortodoxo de Volokolamsk,
el 20 de mayo de 2010
Estos argumentos han ido perdiendo protagonismo con el pontificado de Benedicto XVI, y la Comisión teológica que reúne a las Iglesias ortodoxas y a la Santa Sede ha vuelto a reunirse como sucedió tras el Concilio Vaticano II, para afrontar la cuestión central que les separa en su visión de la Iglesia: el primado del obispo de Roma, que según la visión católica, como sucesor de Pedro, es el símbolo de la unidad en la Iglesia. Las Iglesias ortodoxas se suceden desde tiempos de los apóstoles y comparten con la Iglesia católica su fe en los sacramentos. Y dado que son auténticas Iglesias, consideran que la unidad con la Iglesia universal es un problema secundario. Cada comunidad se reúne en torno a la Eucaristía, con su obispo, sus sacerdotes, y esto es lo que edifica la Iglesia.
Ahora bien, como explica el cardenal Koch, «esta independencia de las diferentes comunidades eucarísticas tiene un coste»: la división o dispersión entre las Iglesias ortodoxas, separadas por el principio de la autonomía nacional. Hoy, por ejemplo, se dan divisiones entre el Patriarcado ortodoxo de Constantinopla y el de Moscú. Con razón, la Iglesia ortodoxa rusa recuerda que el principio de primus inter pares (primero entre iguales) del Patriarcado de Constantinopla no tiene fundamento en el Evangelio, a diferencia de lo que sucede con el sucesor de Pedro. De este modo, ante la falta de un portavoz común, las Iglesias ortodoxas están divididas en cuestiones importantes.
Éste es el reto que afronta en estos momentos el diálogo teológico entre católicos y ortodoxos y, para hacerlo, la Comisión teológica católico-ortodoxa está estudiando la manera en que se vivía el primado del obispo de Roma en el primer milenio del cristianismo, en el que las Iglesias vivían en comunión, a pesar de sus enormes diferencias culturales.

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