Tras el converso, un sacerdote
14 Julio 2010

Grupo de coreanos de la parroquia madrileña
de Jesús de Nazaret
Nunca estuvo vinculado a ninguna religión. Cuando llegó a España, le conmovió la fe de su familia política y de su esposa, la española María Rosa Pérez. Su primer acercamiento a la fe católica fue al acompañar a un amigo coreano un domingo a misa. De eso han pasado ya diez años. «No significó mucho para mí, ni me molestaba, ni me emocionaba», afirma. Pero «Dios me ha ido conquistando poco a poco». En ese proceso ha sido determinante el padre Sebastián, coreano y también converso...
El padre Sebastián tiene como nombre coreano Bung Kwon Lee, y su llegada a la parroquia Jesús de Nazaret, del barrio madrileño de Manoteras, dio a la vida de la comunidad un vuelco considerable. El sacerdote nació en Corea, donde predomina el budismo, y conoció el cristianismo al emigrar su familia a Paraguay. Tenía 7 años, y era el mayor de dos hermanos; su familia regentaba un comercio desde primeras horas de la mañana hasta altas horas de la noche.

Un momento de la celebración
del Bautismo en la catedral de Madrid.
Foto: Héctor Esteban
Siendo ya sacerdote, su primera tarea fue ser reclutador vocacional, una misión que no sólo le ayudó a dar razones de su fe, sino también de su vocación: «Los jóvenes tienen miedo de comprometerse con Dios porque su compromiso es con el dinero, con la carrera, el trabajo... Es un reto ser cristiano. Lo que presentamos al mundo no son los sabores a los que se está acostumbrado; hablamos de plenitud en el mundo donde se habla del placer. Urge la satisfacción inmediata, concreta, pero no la felicidad completa que da la Verdad».
Su primer destino en España fue en un colegio de Barcelona, pero Dios quiso que acabara en Madrid. En su parroquia actual, se encarga de la educación de jóvenes, niños y familias; organiza misiones, fiestas... Y, entre su feligresía, hay más de cien coreanos. Es un maravilloso espectáculo verle recibir a los fieles en las misas, una delicia escuchar sus homilías donde entremezcla los evangelios con cuentos coreanos; y un desafío, su negativa a admitir respuestas fáciles en cuestiones como: ¿por qué somos católicos?

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